Maria Gomez
“La teta asustada” (2009) es una película peruana dirigida por Claudia Llosa que explora las secuelas del conflicto armado interno en Perú. La protagonista, Fausta (Magaly Solier), sufre de “la teta asustada”, una enfermedad transmitida a través de la leche materna por mujeres que fueron violadas durante el periodo de violencia política. Esta condición la hace vivir con un miedo extremo, especialmente hacia los hombres. Tras la muerte de su madre, Perpetua, Fausta debe enfrentar su trauma para poder darle sepultura. Sin embargo, carece de los recursos económicos necesarios. Como medida de protección ante posibles violaciones, Fausta ha introducido una papa en su vagina, un remedio tradicional que le enseñó su madre. Para conseguir dinero para el entierro, Fausta comienza a trabajar como sirvienta en la casa de Aída, una pianista adinerada de Lima. Allí, Fausta canta melodías en quechua que captan la atención de Aída, quien le propone un trato: por cada canción que Fausta le enseñe, recibirá una perla. Sin embargo, Aída termina robando las melodías de Fausta para su propio beneficio artístico, sin darle el reconocimiento prometido. Paralelamente, su primo Noé se prepara para casarse, mostrando un contraste entre la celebración de la vida y el duelo de Fausta. A lo largo de la película, Fausta desarrolla una amistad con el jardinero de Aída, Noé (no confundir con su primo), quien la trata con respeto y delicadeza, ayudándola gradualmente a superar sus miedos. La enfermedad de Fausta empeora cuando la papa comienza a germinar dentro de ella, obligándola a buscar atención médica. Finalmente, tras un desmayo, le extraen la papa del cuerpo, simbolizando su liberación del trauma.
Hacia el final, Fausta encuentra la fuerza para llevar el cuerpo de su madre a su pueblo natal para enterrarlo, cerrando así un ciclo de dolor. La película concluye con Fausta aceptando una flor de papa del jardinero, un gesto que sugiere su apertura a nuevas posibilidades y su comienzo de sanación. Una de las escenas más significativas de la película ocurre cuando Fausta canta en quechua mientras limpia la casa de Aída. Sin saber que está siendo escuchada, Fausta expresa a través de sus canciones el dolor y el trauma heredados de su madre. Aída, impresionada por la belleza melancólica de las melodías, aparece repentinamente y le pide a Fausta que cante de nuevo.
En este momento, se establece una dinámica de poder entre ambas mujeres: Aída, representante de la élite cultural limeña, ve en las canciones de Fausta un material exótico que puede explotar artísticamente, mientras que Fausta, inicialmente reticente, accede a compartir su herencia cultural a cambio de las perlas que necesita para enterrar a su madre. Esta escena ilustra perfectamente las tensiones sociales, étnicas y de clase que la película explora, así como la apropiación cultural que sufren las comunidades indígenas peruanas.